El Hombre

 

Soy el único ser viviente, vegetal, animal, hongo o bacteria, que vive, crece y se alimenta, se propaga y perpetúa, como un parasito generalista. Soy una criatura tenebrosa y peligrosa, una amenaza para mi propia especie y las demás, indiferente, ciega, de oculta conciencia, que como el ladrón al cobijo de su aliada, la oscura noche, busco mi propio beneficio sin importarme las consecuencias que mi acción pudiera producir, indiferente ante el antiguo principio de acción / reacción.

El comportamiento de la humanidad en su conjunto se asemeja al virus que, ignorante de su estilo de vida, crece, se reproduce y vive al fin y al cabo extrayendo la savia vital de complejos organismos sanos hasta provocar su lenta pero inexorable destrucción, desde un punto de vista biológico, no existe otra especie capaz de devastarse a si misma, a las demás con las que comparte espacios, y a aquello que le rodea, con semejante competencia y eficiencia.

La evolución realiza inextricables malabarismos, poniendo en duda incluso el significado de la palabra que define el propio concepto cuando se asocia este al del progreso, adaptación al entorno, o cambio positivo.

¡Que extraños designios conforman la naturaleza de la inteligencia colectiva del hombre, que lo tornan un elemento destructor de lo fundamental¡ ¡Que incapacidad de mirar al futuro y de anticiparse a las evidentes consecuencias de determinados actos presentes¡ Lo que llamamos la evolución o desarrollo de la sociedad, el proceso de la civilización es y ha sido a lo largo de la historia reciente, en su esencia, un proceso de sacrificio de lo esencial para producción de lo superfluo.

¿Que subyace en las ansias, motivaciones y acciones del hombre que le impiden ver el mundo y la realidad tal y como es? Quizás tuviera razón Platón cuando afirmaba que solo vemos la sombra deforme de la realidad, una fugaz y tenue proyección de lo que se presenta ante nosotros. Orwell, con una clarividente interpretación de la realidad, dijo: “ver lo que se tiene delante de los ojos requiere de un esfuerzo constante.”

La incapacidad del hombre contemporáneo para entender su relación con la naturaleza y su dependencia de la misma, para oír como hacían civilizaciones pasadas el mensaje que esta susurra a través del viento, para entender el rumor de las plantas y los animales, y sentir que todo ello forma su propio ser, conforma su esencia y su substrato, aquello sin lo cual no existiría, supondrá la destrucción de cuanto le rodea, de lo que le da vida, de si mismo por tanto, porque cuando sea consciente de los efectos y consecuencias de su modo de vida, sea quizás demasiado tarde. Según Tolstoi, hay quien cruza el bosque y solo ve madera para el fuego…

La historia es un instrumento revelador, un libro abierto para el que quiere leer. Nos enfrentamos a situaciones que ya han padecido nuestros antecesores. La historia se repite. Una de las teorías sobre la extinción del hombre en la Isla de Pascua, una de las civilizaciones tecnológicamente más avanzadas de su tiempo, consiste en la incapacidad del hombre de ver, de interpretar, de darse cuenta de que la tala masiva de masa forestal de su fértil tierra para construir moais, imágenes de sus dioses, devino en un yermo baldío que ya ni siquiera producía madera para poder construir barcos de pesca y permitirles alimentarse. La autodestrucción es mucho mas fácil y plausible de lo que parece.

Gea, la de amplio pecho, según Hesíodo, la Tierra Madre, considerada deidad primordial productora de vida en los panteones griego, romano y de muchas otras culturas, como cualquier organismo vivo, como sistema de organismos vivos, como el hombre, reacciona ante las amenazas y peligros a los que es expuesta, siendo las consecuencias claras y evidentes sobre su manto y sus efectos sobre nosotros.

El hombre3

La actividad frenética y febril del hombre y de la sociedad en su conjunto, regidos por un estricto conjunto de reglas, mitos, etiquetas, costumbres y creencias, suponen una travesía alienada por la senda de la vida. La ausencia de decisiones prevalece y dirige los destinos de los hombres de forma firme, constante, insistente… Aquel insensato que ose mirar fuera de la rueda que no para de girar, será visto como un rebelde o un extraño, y será tratado como tal, como un paria. Desde el inicio hasta el fin, en la mayoría de los casos, el hombre es un mero espectador, como si visualizara su propia existencia a través de un prisma o de un caleidoscopio, sin capacidad para gritarse a si mismo, para despertarse como de una pesadilla consciente. Cuando el niño se transforma en hombre va perdiendo lo que poseía de curiosidad, de sabiduría; de consciencia de su propio ser y de su ignorancia, y comienza un proceso que, como la catarata ataca al ojo y mengua de forma progresiva su capacidad de visión, va extendiendo un velo cada vez más tupido sobre su capacidad de ver el mundo y de interpretar lo que en él sucede. Las preguntas desaparecen, las respuestas se dan por hechas y se hacen innecesarias, la vida se facilita como la de la hoja, que tras una existencia de competición por buscar la energía vital de luz del sol de la que se nutre, cae sobre el cauce del rio y se deja llevar confortablemente hacia su escrito destino. Siempre. Desde que la entropía rige el proceso del universo.

El conformismo subyuga la mente y el espíritu del hombre, la inercia de la costumbre inmoviliza su crecimiento, el gran escenario en el que vive confunde sus aspiraciones, impidiendo su desarrollo, limitando su conocimiento sobre el mundo y, por tanto, sobre si mismo. Porque somos lo que fuimos y lo que seremos; fuimos sauce y seremos agua, hemos sido tigre y seremos tierra; alimentaremos la esencia que nos formó y que lo volverá a hacer; el devenir orgánico de los elementos impermutables nos ha dado forma durante millones de años, cuando fuimos y volvamos a ser polvo de estrellas.

La tierra aporta el maná que el hombre cree inagotable para cubrir sus necesidades y aquello que no lo son, pero el ruido no deja apreciar el sonido, el árbol no permite ver el bosque, pues un mundo finito no es compatible con un crecimiento infinito.

Henry Thoreau dijo: “Antes que el amor, el dinero, la fe, la fama y la justicia, dadme la verdad” porque al igual que la verdad no se encuentra en el puerto de destino sino en el mismo viaje, esa verdad no se halla en la respuesta sino en la misma pregunta, no es ni más ni menos que la propia búsqueda de la realidad.

Algunos de los principales escollos a los que el hombre se enfrenta son la codicia y el conformismo, ante estas enfermedades del alma y de la conciencia, los únicos remedios son la cultura, el análisis y el pensamiento crítico.

¡Levántate y piensa¡

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2 comentarios en “El Hombre

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